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¿Quién hace el último tramo del recorrido?

El trabajo invisible de las y los promotores de la salud.


Una persona llega a una brigada de salud con dudas. No sabe si hacerse una prueba. Tiene miedo al resultado, no está segura de qué significa el procedimiento o quizá simplemente nunca había pensado que necesitaba hacerlo.


Antes de que pueda recibir atención, hay alguien que tiene que escucharla, explicarle, resolver sus dudas y ayudarla a tomar una decisión informada.


Muchas veces, esa persona es un promotor o una promotora de salud.


Cada tercer viernes de agosto, México reconoce a quienes realizan esta labor. En 2026, la fecha corresponde al 21 de agosto. Es una conmemoración que pocas personas fuera del sector conocen y, en cierto sentido, eso dice mucho sobre el lugar que ocupa esta profesión en el imaginario colectivo: es fundamental, pero con frecuencia invisible.

Quienes trabajamos cerca de la Promoción de la Salud sabemos que esa invisibilidad no es casualidad. Es, en parte, consecuencia de la naturaleza del trabajo. Cuando funciona bien, muchas veces no se nota.


No hay una cirugía que aplaudir ni un diagnóstico espectacular que contar. Hay, en cambio, una persona que decidió vacunarse, alguien que se realizó una prueba que había estado postergando, una familia que cambió una práctica de cuidado.

Y detrás de muchas de esas decisiones hay alguien haciendo ese último tramo del recorrido.


Voluntarias reparten agua a personas sentadas en un evento al aire libre, junto a una lona blanca y sillas negras.

¿Qué hace realmente un promotor o una promotora de la salud?


Cuando digo que soy Promotora de Salud, una de las respuestas que más escucho es imaginarme repartiendo folletos o dando pláticas.


Y entiendo por qué.


Desde afuera, una charla de quince minutos puede parecer sencilla. Lo que no siempre se ve es todo lo que ocurre antes y después de esos quince minutos: entender qué necesita una comunidad, adaptar el mensaje a las personas que tenemos enfrente, elegir la mejor manera de explicar un tema y, sobre todo, saber si realmente fuimos comprendidos.


No se trata solamente de transmitir información. Se trata de lograr que esa información pueda convertirse en una decisión, una conducta o una acción concreta.


La Organización Mundial de la Salud, a través de la Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud, plantea que promover la salud implica desarrollar habilidades personales, favorecer entornos saludables, fortalecer la acción comunitaria, reorientar los servicios de salud hacia la prevención e impulsar políticas públicas saludables.

Dicho de una manera más sencilla: la Promoción de la Salud construye puentes.


Es el puente entre el conocimiento científico y la vida cotidiana. Entre un programa de salud y una comunidad. Entre una prueba disponible y una persona que necesita saber por qué vale la pena realizarla.


La formación profesional proporciona herramientas para construir esos puentes. Durante la carrera se estudian temas como determinantes sociales de la salud, epidemiología, educación para la salud y metodologías de intervención comunitaria.

Pero el aula no es el único lugar donde se aprende a promover la salud.


En el trabajo comunitario también he conocido personas que aprendieron esta labor directamente en su comunidad, mediante capacitación y experiencia. Su conocimiento del territorio, de las costumbres y de las personas es algo que ningún libro puede enseñar por completo.


Ambos perfiles son necesarios: la formación aporta metodología y una visión amplia; la experiencia comunitaria aporta cercanía, confianza y conocimiento del contexto.

Cuando ambas cosas se combinan, la Promoción de la Salud puede realmente llegar a donde se necesita.



Mujer explica un cartel de El proceso de prueba a un grupo sentado en sillas negras, junto a una pared rosa al aire libre.

La salud NO empieza en el consultorio


Quizá uno de los conceptos más importantes para entender la Promoción de la Salud sean los determinantes sociales de la salud.


La idea es sencilla, aunque sus implicaciones son enormes: nuestra salud no depende únicamente de las decisiones individuales. También está profundamente influida por las condiciones en las que nacemos, crecemos, vivimos, trabajamos y envejecemos.


Pensemos en algo tan cotidiano como decirle a una persona: "Come más saludable". Pero ¿qué pasa si en su colonia no hay un mercado cercano y los alimentos frescos son difíciles de conseguir?


O decir: "Haz más ejercicio". ¿Qué ocurre si no existen espacios públicos seguros o si esa persona trabaja doce horas al día?


Incluso recomendaciones aparentemente sencillas pueden ser difíciles de llevar a la práctica cuando las condiciones del entorno no acompañan.


Por eso, promover la salud no significa responsabilizar únicamente a las personas por su bienestar. También significa comprender el contexto que condiciona sus posibilidades.


Quien trabaja en promoción de la salud necesita identificar esas barreras y, dentro de sus posibilidades, ayudar a encontrar alternativas: acercar información, vincular a una familia con un servicio, gestionar un espacio comunitario, detectar un riesgo o hacer visible una necesidad ante las instituciones que pueden intervenir.


En este sentido, una promotora o un promotor de salud:


  • Educa. Traduce información científica a un lenguaje comprensible y útil.

    Previene. Ayuda a identificar riesgos antes de que se conviertan en problemas mayores.

  • Acompaña. Sostiene procesos de cambio, en lugar de limitarse a transmitir información una sola vez.

  • Conecta. Acerca a las personas a los servicios, programas y recursos disponibles.


Ese trabajo puede parecer pequeño desde afuera. Sin embargo, muchas veces es el punto de encuentro entre una comunidad y el sistema de salud.


Hombre en camiseta roja explica a tres mujeres frente a un stand azul y rosa con carteles informativos al aire libre.

De Alma-Ata a Ottawa: cuando la comunidad se volvió protagonista


La Promoción de la Salud, tal como la entendemos actualmente, tiene una historia de varias décadas.


En 1978, la Declaración de Alma-Ata colocó sobre la mesa una idea que transformaría la manera de entender la atención primaria: las comunidades no debían ser únicamente receptoras de servicios, sino participantes activas en el cuidado de su propia salud.


Ocho años después, en 1986, la Carta de Ottawa dio mayor forma al concepto de Promoción de la Salud.


Después llegaron otras conferencias internacionales, como Adelaida, Sundsvall y Yakarta, que fueron ampliando la conversación sobre los entornos saludables, las políticas públicas y las desigualdades que afectan la salud de las poblaciones.


Durante mi formación universitaria, esta historia podía parecer una línea del tiempo que había que memorizar: fechas, lugares y nombres de conferencias.


Con los años y la experiencia en campo, empecé a verla de otra manera.


No es solamente una lista de acontecimientos. Es la historia de cómo fue tomando fuerza una idea que hoy parece evidente, pero que no siempre lo fue: la salud de una comunidad no puede resolverse únicamente dentro de un hospital.


En una comunidad rural, probablemente nadie necesita conocer la Carta de Ottawa.


Necesita que alguien convierta sus principios en algo útil ese mismo día.

Ahí es donde la teoría se encuentra con la realidad.



Carpa de salud con charla sobre prueba de VIH; una instructora señala un cartel y varias personas escuchan y toman notas.

Cuando la ciencia sale del laboratorio


La ciencia y la tecnología también forman parte de este trabajo, aunque muchas veces no sean visibles.

Cada recomendación que un promotor de salud comunica tiene detrás conocimiento científico: cómo funciona una vacuna, por qué una prueba permite detectar una enfermedad, de qué manera reduce un hábito determinado, reduce un riesgo o por qué es importante acudir oportunamente a un servicio de salud.


La ciencia proporciona la evidencia.

La promoción de la salud ayuda a convertir esa evidencia en algo que una persona pueda comprender y utilizar.

La tecnología, por su parte, está cambiando la manera en que ese conocimiento llega a las comunidades y cómo se organiza el trabajo.


En las brigadas de salud comunitaria, por ejemplo, hemos incorporado presentaciones digitales, aplicaciones y herramientas interactivas para hacer que las actividades sean más atractivas y que la información permanezca en la memoria de quienes participan.


También ha cambiado la forma de registrar la información.

Antes, durante una brigada, era necesario anotar manualmente datos como nombre, edad, antecedentes, pruebas realizadas y consejería recibida. Después, esa información debía capturarse nuevamente.

Hoy podemos utilizar aplicaciones y tabletas directamente en el punto de atención.

Esto permite reducir errores, ahorrar tiempo y contar con información prácticamente en tiempo real sobre las personas atendidas, las pruebas realizadas y las necesidades que pueden identificarse para futuras jornadas.

Parece un cambio pequeño.

En la práctica, significa algo importante: el tiempo que antes se destinaba al papeleo puede utilizarse para estar más presentes con las personas.

Sin embargo, la tecnología por sí sola no resuelve el problema.


Dos mujeres revisan una tablet y papeles en un puesto con lonas blancas y azul; una lleva camisa roja de Fundación CTR.

Una aplicación no puede explicar un resultado. Una tableta no puede responder una pregunta delicada. Y ninguna herramienta digital puede sustituir la confianza que se construye cuando alguien se sienta frente a una persona y realmente la escucha.

Porque incluso en una brigada altamente tecnificada, puede fallar la conexión, quedarse sin batería un dispositivo o ser necesario regresar al papel.

Y cuando eso ocurre, el trabajo continúa.

Alguien tiene que sostener la atención.



Detección al instante: cuando el diagnóstico llega a la comunidad


Uno de los avances que mejor muestra esta relación entre ciencia, tecnología y promoción de la salud es la posibilidad de realizar pruebas rápidas fuera de los laboratorios tradicionales.


Pruebas para VIH, sífilis, hepatitis C, Antígeno prostático y otras condiciones permiten acercar la detección a comunidades que, de otra manera, podrían tener dificultades para acceder a un servicio de laboratorio o simplemente postergar indefinidamente una prueba.


Pero aquí hay algo importante: la tecnología hace posible la prueba, pero no necesariamente consigue que una persona quiera hacérsela.


Ahí entra nuevamente la promoción de la salud.

Durante una brigada, el personal capacitado puede realizar la prueba mientras quienes brindamos consejería explicamos previamente en qué consiste, qué detecta, qué significa cada posible resultado y resolvemos las dudas que pueden generar miedo o incertidumbre.

Es una combinación poderosa.


La ciencia hace posible la prueba.

La tecnología permite acercarla.


Y la promoción de la salud ayuda a que una persona tome la decisión informada de utilizarla.


“La ciencia hace posible la prueba; la promoción de la salud hace posible que la comunidad decida hacérsela”


Mujer con polo rojo señala un cartel sobre enfermedades respiratorias en invierno, en un patio escolar de ladrillo.

El impacto que casi nadie ve


El trabajo de promoción de la salud tiene una característica particular: muchos de sus resultados no son inmediatos ni visibles.

Pensemos en una persona que llegó a una brigada con dudas sobre una prueba y finalmente decidió realizarla.

En una madre que resolvió sus dudas sobre lactancia y tomó una decisión informada.

En una persona que comprendió por qué debía completar su tratamiento y no suspenderlo cuando comenzara a sentirse mejor.

En una familia que cambió una práctica después de recibir información sobre prevención. Son pequeños momentos. Pero pueden tener consecuencias enormes.

El problema es que este tipo de impacto rara vez tiene una fotografía.

La prevención funciona muchas veces precisamente cuando evita que algo ocurra. Y aquello que no ocurre es mucho más difícil de mostrar.

Por eso es tan fácil subestimar el trabajo de quienes promueven la salud.


Una profesión que también necesita ser reconocida


Reconocer a las y los promotores de salud implica hablar también de las condiciones en las que realizan su trabajo.

En distintos contextos persisten retos relacionados con remuneración, formalización laboral, disponibilidad de insumos, capacitación y reconocimiento profesional.

Esto es especialmente importante en comunidades donde un promotor puede representar una de las principales puertas de entrada al sistema de salud.

No basta con pedirle a alguien que lleve información a una comunidad.

Necesita herramientas para hacerlo, formación para responder a las preguntas que encontrará, condiciones adecuadas para trabajar y respaldo institucional.

La Promoción de la Salud no debería considerarse un complemento secundario de los servicios sanitarios.

Es parte de la infraestructura que permite que la prevención y el conocimiento lleguen a las personas.



Personas sentadas en taller al aire libre bajo carpas azules y rojas; una mujer explica un cartel junto a números 2 y 3.

Cuando la ciencia, la educación y la salud se encuentran


Esta reflexión tampoco es solamente teórica para mí.

Como parte del equipo de Fundación CTR, he tenido la oportunidad de participar en iniciativas relacionadas con sus tres pilares: Educación; Salud y Bienestar; y Divulgación Científica.

En Salud y Bienestar, colaboro en brigadas comunitarias brindando consejería y pláticas de prevención. Es, literalmente, ese último tramo del que habla este artículo: sentarme con una persona, escuchar sus dudas, explicar sin tecnicismos innecesarios y acompañarla en el momento en que decide cuidar su salud.

En Divulgación Científica, participo en la tarea de convertir información compleja en contenidos claros y confiables. Escribir artículos como este forma parte de ese mismo esfuerzo: hacer que el conocimiento científico salga de los espacios especializados y llegue a más personas.

Y en Educación, he participado en iniciativas que buscan acercar a jóvenes al conocimiento científico y fortalecer sus oportunidades de desarrollo.

Un ejemplo es Talento en Acción, programa que acompaña a estudiantes de último semestre y recién egresados de carreras STEM de universidades públicas en su transición hacia el mundo laboral. El objetivo no es únicamente fortalecer sus conocimientos, sino también desarrollar las habilidades que necesitan para dar sus primeros pasos profesionales y vincularlos con oportunidades dentro del sector.


Al mirar estas tres áreas juntas, encuentro una conexión que me parece fundamental:

La ciencia se genera, se aprende, se comunica y finalmente llega a las personas

Y la promoción de la salud ocurre precisamente en esa intersección.



Hacer el último tramo

Si me preguntan qué es lo que más me llena de este trabajo, la respuesta sigue siendo sencilla.

Es ese momento en el que una persona toma una decisión importante para su salud porque tuvo la oportunidad de entender, preguntar y sentirse acompañada.

No siempre es algo dramático. A veces es solamente alguien que llegó con miedo y decidió hacerse una prueba.  Alguien que tenía una duda y finalmente encontró una respuesta. Alguien que comprendió algo que antes parecía complicado.

Desde lejos, puede parecer poco. Para quien tomó esa decisión, puede significar mucho.

Una vacuna puede desarrollarse en un laboratorio.

Una prueba puede diseñarse con tecnología cada vez más avanzada.

Un protocolo puede escribirse en una institución.

Pero entre todo eso y una persona existe un último tramo.

Alguien tiene que explicar.

Alguien tiene que escuchar.

Alguien tiene que acompañar.

Alguien tiene que ganarse la confianza.


"Quienes nos dedicamos a la Promoción de la Salud hacemos ese último tramo del recorrido”


Y quizá esa sea precisamente la razón por la que nuestro trabajo sea tan poco visible.

Cuando funciona, muchas veces parece que nada extraordinario ocurrió. Pero ocurrió algo;

Una persona entendió.

Una persona decidió.

Una persona se cuidó.

Por eso, reconocer a las y los promotores de salud debería significar mucho más que dedicarles un día en el calendario.

Significa reconocer su trabajo, fortalecer su formación, proporcionarles herramientas adecuadas y garantizar condiciones dignas para realizarlo.

Porque la salud pública no termina cuando la ciencia produce una respuesta.

La ciencia cumple una parte de su propósito cuando ese conocimiento logra llegar a la vida de las personas.


Y para recorrer ese último tramo, seguimos necesitando algo que ninguna tecnología puede sustituir: personas dispuestas a escuchar, explicar, acompañar y construir confianza.


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Referencias:

1. Organización Mundial de la Salud (OMS) / Organización Panamericana de la Salud (OPS). Declaración de Alma-Ata. Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud. Alma-Ata, URSS; 1978. 

2. Organización Mundial de la Salud (OMS). Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud. Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud. Ottawa, Canadá; 1986.

3. Organización Mundial de la Salud (OMS). Declaración de Adelaida sobre políticas públicas saludables (1988); Declaración de Sundsvall sobre ambientes favorables a la salud (1991); Declaración de Yakarta sobre la promoción de la salud en el siglo XXI (1997).

4. Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI) / Gobierno de México. Día de la y el Promotor de Salud. Gobierno de México; 2022.

5. Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS). Iniciativa Regional Escuelas Promotoras de la Salud. Washington, D.C.: OPS; 1995.

6. Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Promotoras de Salud: una estrategia de intervención comunitaria de las Organizaciones de la Sociedad Civil de Tijuana. Gaceta UABC; 2023.

7. Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Promotores de salud, al rescate en comunidades vulnerables. Blog de Salud; 2019.

8. Congreso del Estado de Quintana Roo. Día de Promotor de la Salud. Biblioteca Legislativa; 2025.

9. Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Plan de Estudios: Licenciatura en Promoción de la Salud. México; 2006.

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