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La sexualidad no tiene edad: explorar, conocerse y disfrutar a lo largo de la vida

hace 3 días
5 min de lectura

Cuando pensamos en explorar nuestra sexualidad, probablemente imaginamos los primeros años de la adolescencia y la juventud: descubrir el propio cuerpo, identificar qué nos gusta, experimentar las primeras relaciones y comenzar a construir nuestra identidad. Pero ¿qué pasa después?


Existe la idea de que, al llegar a la adultez, nuestra sexualidad debería estar completamente definida. Como si llegara un momento en el que ya supiéramos quiénes somos, qué queremos y qué nos gusta, y la exploración dejara de ser necesaria. La realidad es muy distinta.


La sexualidad forma parte del desarrollo humano durante toda la vida. Nuestros deseos, necesidades, relaciones y maneras de experimentar la intimidad pueden cambiar con el tiempo, y conocernos también implica aprender a reconocer esos cambios.


Mujer mayor se maquilla los labios frente al espejo en un baño blanco, con expresión concentrada.



La sexualidad también cambia con nosotros


Explorar la sexualidad no significa necesariamente buscar nuevas experiencias sexuales. También puede significar descubrir nuevas formas de intimidad, entender mejor nuestro cuerpo, reconocer nuestros límites, hablar sobre lo que deseamos o replantearnos aquello que creíamos que debía formar parte de nuestra vida afectiva.

Durante la juventud, esta exploración suele estar relacionada con la construcción de la identidad, las primeras relaciones y el descubrimiento de la orientación sexual. Con el paso de los años, las experiencias acumuladas pueden contribuir a identificar con mayor claridad aquello que queremos y aquello que ya no queremos en nuestras relaciones.


En otras etapas, la sexualidad puede estar más vinculada con la intimidad, el afecto, el placer, la compañía y el cuidado mutuo.

Esto no significa que el deseo sexual desaparezca con la edad. Tampoco existe una única manera “correcta” de vivir la sexualidad en cada momento de la vida. Lo que cambia son las circunstancias, las prioridades y las formas en que cada persona construye sus relaciones.


Explorar también significa conocerse


Hablar de exploración sexual no debería reducirse a hablar de prácticas sexuales.

Conocerse también implica preguntarnos:

¿Qué me gusta? ¿Qué no me gusta? ¿Qué necesito para sentirme cómodo o cómoda? ¿Cuáles son mis límites? ¿Qué espero de una relación? ¿Puedo hablar de mis deseos con la otra persona?


Grupo de adultos mayores haciendo yoga y estiramientos en un estudio de madera, sonriendo sobre colchonetas de colores.

Estas preguntas pueden aparecer en cualquier etapa de la vida.

Una persona puede descubrir nuevas preferencias después de años en una relación. Otra puede replantearse lo que busca al comenzar una nueva etapa de su vida. También puede ocurrir que aquello que antes parecía importante deje de serlo, o que aparezcan nuevas necesidades emocionales y afectivas.


La exploración, entonces, no consiste en acumular experiencias, sino en desarrollar un mayor conocimiento de uno mismo.



El contexto también influye en cómo vivimos nuestra sexualidad


No todas las personas tienen las mismas oportunidades para explorar su sexualidad.

Las creencias familiares, religiosas y culturales pueden influir profundamente en la manera en que entendemos el deseo, el placer y las relaciones. En algunos contextos, hablar abiertamente sobre sexualidad todavía puede generar vergüenza o culpa.


Esto ha afectado especialmente a las mujeres, sobre quienes históricamente han recaído expectativas relacionadas con la virginidad, la pureza y la manera “adecuada” de vivir su sexualidad.


Estas ideas pueden permanecer durante la adultez e incluso influir en la manera en que una persona establece límites, busca información o expresa lo que desea.

Por eso, hablar de sexualidad también implica hablar de educación, autonomía y acceso a información confiable.


Pareja mayor se abraza en un sofá beige en una sala acogedora, con cojines; sonríen con ternura.

Explorar no significa ponerse en riesgo


Existe una diferencia importante entre explorar la sexualidad y asumir conductas que pueden poner en riesgo nuestro bienestar.


Una exploración saludable parte de la información, el consentimiento y el respeto. Implica poder tomar decisiones de manera libre, conocer los posibles riesgos y contar con herramientas para proteger nuestra salud y la de otras personas.


En cambio, la presión de una pareja, el miedo al rechazo, la falta de información, la ausencia de protección frente a las infecciones de transmisión sexual (ITS) o la necesidad de cumplir con determinadas expectativas pueden llevar a tomar decisiones que realmente no responden a nuestros deseos.


Por eso, la educación sexual no debería limitarse a prevenir riesgos. También debe proporcionar herramientas para conocernos, comunicarnos, establecer límites y construir relaciones respetuosas.



¿Y qué ocurre cuando envejecemos?


Uno de los estigmas más persistentes alrededor de la sexualidad es pensar que el deseo pertenece exclusivamente a la juventud.

Sin embargo, envejecer no significa dejar de tener deseos, necesidades afectivas o interés por la intimidad.


La sexualidad puede continuar formando parte de la vida durante la vejez, aunque pueda expresarse de maneras diferentes. Para algunas personas puede tener un papel importante el contacto físico y el placer sexual; para otras, la compañía, el afecto, la cercanía emocional o el cuidado mutuo pueden adquirir mayor relevancia.


Ninguna de estas experiencias es menos válida por ocurrir a una determinada edad.

Reconocerlo también es importante desde la perspectiva de la salud. Cuando asumimos que las personas mayores no tienen vida sexual, sus necesidades pueden quedar fuera de las conversaciones relacionadas con la prevención, las ITS y el bienestar sexual.


Pareja mayor abraza y baila sonriente en una sala luminosa, junto a una ventana con cortinas; logo blanco en la esquina.

La información nos acompaña durante toda la vida


La educación sexual suele asociarse con la adolescencia, pero nuestras preguntas sobre el cuerpo, las relaciones y la sexualidad no terminan al cumplir 18 años.


Una persona adulta también puede necesitar información cuando comienza una nueva relación, atraviesa cambios corporales, enfrenta una separación, inicia una relación después de muchos años o simplemente quiere comprender mejor algún aspecto de su sexualidad.


Por eso, hablar de educación sexual integral también significa reconocer que aprender sobre nuestra sexualidad puede ser un proceso permanente.

Tener acceso a información confiable nos ayuda a tomar decisiones conscientes, identificar riesgos, reconocer nuestros límites y cuidar nuestro bienestar físico y emocional.


Una sexualidad saludable también es parte del bienestar


La salud sexual no consiste únicamente en evitar enfermedades o embarazos no planeados. También está relacionada con el bienestar físico, emocional y social, así como con la posibilidad de vivir la sexualidad de manera segura, informada, consensuada y libre de violencia y discriminación.


Explorar nuestra sexualidad puede ser, en este sentido, una forma de autoconocimiento.

No hay una edad límite para descubrir algo nuevo sobre nosotros mismos. Tampoco existe una edad en la que dejemos de tener derecho a sentir deseo, establecer vínculos, experimentar placer o decidir cómo queremos vivir nuestra intimidad.


La sexualidad cambia porque nosotros también cambiamos.

Y quizá una de las formas más saludables de vivirla sea permitirnos seguir preguntando, aprendiendo y conociéndonos, sin importar cuántos años tengamos.


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